El secreto de la buena música

El 17 de noviembre se cumplieron 22 años sin Enrique Urquijo, uno de los mejores letristas que ha dado este país
Enrique Urquijo, tocando con Los Secretos, en el Parque de atracciones de Madrid en 1989. EFE

Soy un gran melómano. De hecho, sigo comprando discos y no he caído en las garras del tentador Spotify. En casa tenemos el salón repleto de CDs, y desde muy joven, he rebuscado entre ellos para descubrir nueva música. Recuerdo cuando rescaté el primer álbum de Los Secretos entre toda mi colección. Le retiré el polvo y decidí darles una oportunidad. Me parecieron simples, pero me llamó la atención. Canciones como Otra tarde o su clásico Déjame, me parecieron una máquina del tiempo hacia los ochenta. Esa época siempre me ha transmitido una magia especial, incluso cierta melancolía —a pesar de no haberla vivido—.   

Sin embargo, mi conexión con Los Secretos, llegó años después. Acababa de experimentar lo que era vivir una ruptura amorosa de verdad. Tenía 19 años, y la pérdida se mezcló junto a varios problemas personales. Una noche, de madrugada, cogí mis cascos y puse aquella canción. Cada nota, cada palabra, cada suspiro de Urquijo supo expresar que era lo que llevaba dentro. Se trata de Quiero beber hasta perder el control, la versión del 86 —ya que años después la regrabaron, pero me quedo con la original—. Era una hermosa balada pop, con arreglos que tenían cierto aire de country americano. La letra era pura melancolía, además de elegante y sublime. Nada que ver a los cantautores actuales, creo que Leiva no podría escribir algo así ni en 14 vidas. Solo el gran Joaquín Sabina, quién tiene bastante unión con Los Secretos, podría crear algo de ese calibre dentro del panorama nacional. 

La banda ha tocado en múltiples ocasiones en Cantabria. Los habré visto unas tres veces. Se saborea la herida crónica que supura, en el pecho de su hermano Álvaro Urquijo. Es el único miembro original. Enrique no es exclusivamente el causante de su dolor, la mala suerte ha perseguido a Los Secretos desde sus inicios. En 1980, Canito, primer batería de la banda, murió en un accidente de tráfico. Varias agrupaciones, como Nacha Pop o Alaska y los Pegamoides entre otros, le hicieron un concierto homenaje en la Escuela de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid. Este suceso, es considerado como el arranque de la popular Movida Madrileña

Años después, en 1984, moriría su segundo batería Pedro A. Díaz, por un accidente de tráfico también. Finalmente, en 1999, sufrieron la pérdida más irreversible. Enrique fue encontrado muerto en el portal número 23, de la calle del Espíritu Santo, en el conocido barrio de Malasaña. La muerte persigue sin cesar a la banda, de hecho tienen una canción llamada Amiga mala suerte, que es una oda a sus desgracias —y eso que en esa época Enrique seguía vivo—. 

La última vez que los vi, fue en Torrelavega, mi ciudad. Por supuesto, la tocaron, la escuché una vez más. Ya no estoy roto, no me transmite como antes, pero sigo disfrutando de la hermosa letra de Quiero beber hasta perder el control, de la gran pluma del inolvidable Enrique Urquijo.

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